sábado, 20 de junio de 2015

ALGO OCURRE CON EL ROCK / José Luis Cestari




21 de junio de 2015
En es éste un escrito nostálgico de un viejo rockero.  Es algo serio, relevante, reflexivo.  No soy analista de rock, ni siquiera un coleccionista.  Pero quiero contarles algo interesante...porque algo pasa con el rock.
La guitarra eléctrica que mi madre me regaló como premio a mis notas sobresalientes del Primer Año de Bachillerato en el Liceo Peñalver, aún la conservo.  Intacta.  Son mis manos las que ya no son las mismas que la tocaban aquella noche de septiembre en el estudio de mi padre, con George Shaw, mi vecino.  Mi gran amigo de siempre.  Algo me ocurrió, o nos ocurrió a ambos, desde esa noche, y esas memorias son cuadros vivos que aturden mis percepciones.  Porque no hemos parado de tocar.  Ni un solo día.  Aunque  imperceptible, alguna vieja canción se aparece como un duende insomne, y nos trae el pasado en bandeja lustrosa, sonriente.  Miramos, caminamos, respiramos como cuando ocurrían aquéllas cosas en aquéllos días.  Vivimos dentro de ese cuerpo que el tiempo ha venido esculpiendo en su labor extraña, pero...la música...aquéllos discos... no se nos quitan de encima.  Pocos llegaban a Ciudad Bolívar...eran como lagos de oro puro que se guardaban y se vendían por encargo.  Vamos hoy –y fuimos antes- como cabalgando una línea de espacio-tiempo que luce como lineal, pero es en realidad un punto.  Y es entonces cuando nos damos cuenta de todo lo que aprendimos en la escuela del profesor Rock.   Paul Anka y César Costa fueron sellos de niebla dulce sobre las muchachas y los sonidos que nos gustaban.  Chubby Checker logró engancharme a escucharlo en casa de Oscar Silva y llevármelo tatuado a mi casa, para luego encontrarme con él en “Ecos del Orinoco”, disfrazado de José “chino” Palermo.  Joey Dee y The Starliters con el “peppermint twist”...De Elvis Presley nos quedó todo;  su porte desgarbado y lustroso, su cabello trabajado y desafiante, sus movimientos como sierpes que abrían agujeros negros hacia alguna parte.  Los Teen Tops y Los Hooligans eran discos que se rayaron de tanto rasgarnos los tejidos en aquéllas edades...Enrique Guzmán...The Animals nos obligaron a tratar de cantar -y entender- “La casa del sol naciente”...
The Beatles...The Rolling Stones...The Beach Boys…Led Zepelin…The Doors…Ray Charles...The Who…The Monkees…Fórmula V…Los Impala…007…Las Cuatro Monedas…5th Dimension...Tommy James and The Shondells…Tres Tristes Tigres…la lista es larga, señores.  Y no es que estos grupos eran canciones, simplemente.  Eran conceptos.  Modelos.  Paradigmas.  Espejos.  Un joven en crecimiento y desarrollo necesita parecerse a alguien.  De estos grupos tomamos lo mejor.  Los roqueros provincianos que éramos no usábamos ningún tóxico.  Con la música bastaba para elevar nuestras vibraciones.  
Aquí me voy a detener, pues hay una lealtad que me obliga.  Me refiero a The Beatles.  Fuimos cuatro los que formamos a “Los Teen Stars:   George Shaw, Carlos Bates, Carlos y José Luis Cestari.   Tenía yo trece años.  Cuatro fuimos, pues cuatro eran The Beatles.  Sábado y domingo los ensayos, la mayoría de las veces en casa de George...frente a mi casa.  Nos hicimos “beatleómanos”.  Casi todo nuestro repertorio.  Traducíamos al español...hacíamos versiones propias.  Fue tan fuerte la identificación con el famoso grupo, que hasta teníamos pelucas al estilo “beatle”, que estrenamos en una presentación que hicimos en el club “La Cancha”.  En lo personal, casi me parecía conocerlos, a cada uno...John me llegaba como elegantemente atarantado, rebelde, informal...Paul como infantil, pero travieso y genial...George se me parecía a nuestro George Shaw, entre serio y formal, más bien como con porte de anciano que controlaba a todos los demás....Ringo, el cómico, el más desenfadado de la célebre agrupación. 
Increíble cómo pasábamos el día tocando y cantando.  Igual fue con “Los Hippies” y con “Los Cobra”:  Fabio Amici, Carlo Dallopedales, José Enrique Almedo, Lester Tang, Rommel Hernández y yo.  Con éstos últimos amigos del alma perfeccionamos nuestros conocimientos y destrezas.  Aprendimos:  constancia, lealtad, amistad, entrega, compromiso, certeza, esfuerzo, dedicación, respeto, orden y organización.   Nos salió barba y vello en el cuerpo...crecimos y maduramos tocando y cantando con nuestros amigos.  Nuestras novias cargaron con nuestros dedos maltratados por las cuerdas de la guitarra eléctrica, con nuestros anhelos, con nuestros cansancios.
Dejamos el grupo y nos hicimos respetables y serios en nuestras respectivas profesiones.  Transcurrieron muchos años.  Pero ni el tiempo ni las diversas circunstancias nos pudieron apartar de aquéllos primeros sueños.  Y lo que es más, la mayoría de ellos se hicieron realidad o están a punto de realizarse.  Aún parece quedar cuerda.

El rock fue un gran maestro. Quizá la música, en general. 
¡Tal vez aquéllos muchachos aún luchan por sacar los sonidos precisos de su instrumento!


Cuando éramos rockeros
gustábamos
del estruendo
sobre las gotas de silencio
para que la luz
no escapara de nosotros

teníamos las islas y orillas
por las que gime el mar

cuando éramos rockeros
algo ocurría en el corazón
que no nos dejaba escucharnos

algo ocurre con el rock
que no nos deja dejarlo












viernes, 5 de junio de 2015

Hernán Gamboa y el Pájaro Tilín

De regreso a San Tomé

 Por Hernan Gamboa

Cuando yo tenía 16 o 17 años, o por allí, me impactó una canción titulada “Pájaro Tilín”, que es un tema del folklore venezolano, y que a diferencia de lo que yo escuchaba hasta entonces de ese folklore, que estaba siempre interpretado por solistas, esta vez lo cantaba un quinteto vocal. Era el Quinteto Contrapunto, que le daba en su polifonía una cualidad increíble, única para mí. “Pájaro Tilín” es una canción de una gran sencillez, pero el arreglo polifónico del quinteto –que estaba constituido por una soprano (Marina Auristela Guanche), una mezzosoprano (Morella Muñoz), un tenor (Jesús Sevillano) y un bajo (Domingo Mendoza), y el director, Rafael Suárez, que acompañaba con el cuatro– me alcanzó de tal manera que se volvió una influencia determinante para mis futuros trabajos.
En el momento en que esta canción llegó hasta mí, yo estaba ingresando a la universidad. De hecho, la primera vez que la escuché fue en la radio de la pensión para estudiantes en la que vivía, y enseguida salí a tratar de conseguirla. Yo estaba allá para estudiar medicina: música no estudié, siempre fui un autodidacta, con cierta formación como coralista, y en las estudiantinas, donde practiqué teoría, solfeo y armonía. La influencia musical me venía desde pequeño por mi padre, Carmito Gamboa, quien desde los ocho años me llevó con él para que lo acompañara con el cuatro. Mi padre, a la vez, se dedicaba a la música con pasión, pero trabajaba en las empresas petroleras norteamericanas que estaban instaladas en Venezuela, un trabajo que durante mi infancia nos llevó a mudarnos muchas veces de pueblo. Así fue que nací y me crié en San Tomé, pero la época de los liceos de educación secundaria la pasé en Barinas y luego en Anaco y Ciudad Bolívar, y cuando oí “Pájaro Tilín” por primera vez estaba en Cumaná. Como éramos siete hermanos, y éramos muy compañeros, todos juntos aprendimos a adaptarnos bien a cada mudanza. Luego, cuando mi padre enfermó tuve que dejar medicina para trabajar y cuando retomé los estudios me convertí en profesor de biología y química, ejerciendo durante 28 años en distintas ciudades de Venezuela, mientras paralelamente me dedicaba a la música, empujado en parte por esta canción tan simple como extraordinaria.
Cuando apareció el “Pájaro Tilín” en mi vida, yo ya venía oyendo la música de mi país, pero cantada por solistas y con arpa, cuatro y maracas, que es como se acostumbra a cantarla y acompañarla todavía. Pero “Pájaro Tilín” fue lo más grande que ha habido para mí en la música venezolana: el contrapunto que hacía el quinteto (reconocido mundialmente) le daba una riqueza a la canción, que daba la sensación de que había varias letras al mismo tiempo. La letra es muy sencilla: dice “Este pajarito no es de por aquí / me lo regalaron allá en Maturí”. Pero esos versos tan despojados, a mí me alcanzan para remitirme a San Tomé, a esa región de la parte oriental de Venezuela en la que crecí, en Anzoátegui. Me transporta inmediatamente a mi infancia, y enseguida vuelven las imágenes del campamento petrolero, de ese pueblo hermosísimo de calles perfectamente pavimentadas, de escuelas perfectas, a su pulcro hospital, a sus clubes: todo estaba en perfecto orden en este lugar donde los gringos de las compañías petroleras se integraban en armonía con los locales y la vida de la gente era muy sencilla. En casa mi padre nos enseñaba canciones como “El gavilán”, “El polo margariteño” y “La Josa”. Es a todo eso que me lleva “Pájaro Tilín” cada vez que vuelvo a escucharla.
He vuelto a San Tomé hace unos años, en 2006, para un homenaje que me hicieron, y lo encontré muy cambiado, muy deteriorado. Ya no era el pueblo bonito de mi infancia. Pienso que tiene que ver con que la actividad petrolera ya no era la misma de las décadas del ’40 y del ’50. Hacía 50 años que no volvía, y me había quedado con esta imagen del pueblo idílico, de modo que sobrevino el desencanto.
Pero, como he dicho, todavía puedo volver allá, al San Tomé de mi infancia, a través de “Pájaro Tilín”. Hoy sigo oyendo aquel disco que salí a buscar enseguida, y que funciona para mí como un momento de iniciación, al igual que mucha gente quedó marcada al oír por primera vez a Los Beatles. Con el tiempo, llegué a grabar yo mismo el “Pájaro Tilín”, en mi disco Venezuela linda, y me hice amigo de los integrantes del Quinteto Contrapunto. También la grabé en un disco que se editó aquí en Buenos Aires, un disco titulado Serenatas en contrapuntos, en un doble homenaje al cuarteto en el que estuve durante quince años, Serenata Guayanesa, y al quinteto que con su ejecución me abrió para siempre el corazón a otras formas del folklore que me acompañó de toda la vida.

Hernán Gamboa, alias El Cuatro de Venezuela, presenta su nuevo CD, Uniendo mundos, con un repertorio de música popular de los cinco continentes, desde la orquídea de Hugo Blanco a la ranchera mexicana de José Alfredo Jiménez, pasando por un fado portugués, el samba brasileño, canciones chinas, africanas y la música tradicional francesa e italiana, sin dejar de interpretar el joropo venezolano. El jueves 10 de mayo, a las 22, en Los 36 Billares, Av. de Mayo 1265. Tel. 4381-5696. Entrada $60 Más información en www.hernangamboa.com.a

martes, 26 de mayo de 2015

La Escuela de Artes Plásticas


Dámaso Ogaz

El Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, en su misión esencial de llevar sus recursos hasta la provincia, decidió el 24 de mayo de 1968, la creación de una Escuela modelo de artes plásticas en Ciudad Bolívar.
            Con ese fin, se residenció en la capital bolivarense, el artista chileno Dámaso Ogaz (en la foto), acompañado de su esposa Guadalupe.  De esta manera, Ogaz se inició en la provincia como funcionario del Inciba, dispuesto, según manifestó entonces, a “realizar una labor digna de esta tierra que está dando muy buenos artistas”.
            La casa donde se inició la escuela fue arrendada en la calle Amor Patrio, muy próxima a la Casa de la Cultura que entonces funcionaba contigua a la Biblioteca Rómulo Gallegos y aún no había adoptado su nombre actual de “Carlos Raúl Villanueva”.  La idea inicial era que tanto la Escuela de Artes Plásticas como la Casa de la Cultura y la de Cerámica estuviesen integradas.
            Dámaso Ogaz, quien además de pintor era buen poeta, una vez acondicionado el local para esta Escuela que terminó en simple Taller, recibió a los primeros estudiantes tratando de que adquiriesen las bases técnicas y profesionales necesarias para que pudieran desempeñarse con éxito dentro las diferentes disciplinas plásticas.  Tarea principal fue además, la de orientar y despertar en los cursantes una conciencia creadora y una auténtica formación conceptual.
            Dámaso Ogaz, quien permaneció poco tiempo, fue uno de los principales animadores del “Techo de la Ballena” en Caracas, junto a otros reconocidos intelectuales venezolanos.  Dirigió y financió las Ediciones “Pata de Palo” y estuvo con la revista literaria  Zona Franca dirigida por Juan Liscano.  A decir de César Seco, uno de sus alumnos, este artista encorvado, satírico y canoso “era exigente e inconforme siempre tras ese otro lado donde las cosas son por el asombro”.  Solía decir: “La Vida es una obligación que debe cumplirse a la brevedad posible, antes de sentirse fascinado”)           
            Se radicó en Venezuela a partir de un año antes de comenzar a enseñar su arte por la provincia.  Venía de una gira triunfal por Europa y se hallaba de vuelta en Venezuela invitado por su amigo el pintor Contrametre del que poseo un grabado que el mismo Ogaz me regaló. El verdadero nombre de Dámaso era Víctor Manuel Sánchez Ogaz, nacido en Santiago de Chile el 17 de agosto de 1924.  Falleció en Caracas el 14 de marzo de 1990.  Su vocación y labor de artista abarcó la pintura, la literatura, la poesía y el teatro. 
            Para el tiempo de Dámaso Ogaz existía en Ciudad Bolívar el movimiento artístico 17.9  que en 1969 cerró sus puertas y sus bienes fueron donados al Taller de Artes Plásticas cuando el pintor Rubén Chávez sucedió a Dámaso Ogaz.  Con el dinero y material donado, el Taller abrió una galería anexa inaugurada con una exposición de grabados del estudiante Andrés Fajardo, hermano del Padre Ramón Fajardo, ahora en Roma.  Andrés, ilustrador de mi libro “Mitos, cuentos y leyendas” se halla actualmente de profesor en un Liceo de Guasipati y se cuenta entre los miembros fundadores de la Casa de la Cultura Carlos Raúl Villanueva.

            En cuanto al profesor Rubén Chávez,  sucesor inmediato de Dámaso Ogaz, realizó en el ambiente artístico cultural de Ciudad Bolívar una obra muy digna de su jerarquía de artista que en Caracas tenía una labor cumplida como pintor de la tendencia figurativa expresionista.  Había ganado el Premio de Pintura “Miguel Otero Vizcarrondo” en 1962 y estaba invitado para una individual en el Museo de Bellas Artes que en Caracas dirigía Miguel Arroyo

martes, 21 de abril de 2015

Rafael Torrealba





Un pintor que creía en los Ovnis

Murió militando en la fosforescencia de sus cuadros y en la Misión Cristiana de Renovación de la Fe, convencido de que los extraterrestres nos rondan y que Guayana está destinada a ser el centro de los poderes de decisión del tercer milenio.

-Américo Fernández-

A más de medio siglo, cuando Angostura era todavía una ciudad bucóli­ca de vida fluvial y cromáticos atardece­res, cuando aún el puente no vadeaba el río y el Bachiller Sifontes soñaba con estrellas y siemprevivas, que Rafael Torrealba se fue de Ciudad Bolívar bus­cando otros horizontes y se encontró con innumerables cosas buenas y nunca, jamás, con nada que enervara su orgullo de ser bolivarense. Por eso volvió cuando apenas le faltaba poco tiempo para morir.
Murió el 25, miércoles por la tarde. Nacido en Ciudad Bolívar el 5 de enero de 1925, se había ausentado en 1943, cuando la capital de la angostura del Orinoco aún conservaba su peculiar sabor de pueblo romántico frente a un gran río lleno de caleteros, pescadores de atarraya,  músicos y poetas, donde la comunicación era la base del afecto y no de los intere­ses egoístas, como ahora. Se respetaba a los pobres que eran dignos y esa cualidad le daba cierta connotación humana a la ciudad. Hoy, en cambio, se irrespeta al humilde, se le golpea, se le margina y se le considera un fracasado.
Había una animada actividad religiosa en Semana Santa. La Catedral era el cen­tro convergente de la fe cristiana de la comunidad. Había un coro muy activo y la tradición de los Hermanos del Santísimo era realmente una institución. Los juegos inocentes del Quiminduñe, la zaranda de taparita y la Parapara daban la medida de la pureza de nuestra juventud. Los citadinos como los Torrealba, se encontraban dentro de un contexto reli­gioso muy distinto de la perversidad. Esa era la Ciudad Bolívar que ya no vuelve.
En cambio sus hijos vuelven y la recuer­dan con la pátina de la nostalgia. Torrealba cuando regresó a los sesenta años tenía el cuidado de aclarar, frente al sigiloso reproche, que retornaba física­mente después de largo tiempo, pero que siempre permaneció en ella con la misma fuerza espiritual de esa pintura dominan­do en uno de los muros de su antiguo
taller de Vista Hermosa.
Sobre una pared de la casa de Rafael Torrealba, donde todas las tardes llegaban mujeres de la ciudad a pintar, colga­ba una pintura de gran formato con un tema alegórico en el que se le concede interés a lo divino y a lo humano, a lo natural y sobrenatural.
Este arte cristiano lleno de símbolos y de intemporalidad que nació en las cata­cumbas romanas y afloró con fuerza en los tiempos de Constantino, parecía rena­cer en este artista guayanés que retornaba después de una prolongada ausencia.
Rafael Torrealba estaba entonces en una onda mística que no podía ignorar su arte. Un arte que comenzó quizá cuando iba a la orilla del Río a contemplar el atardecer y la luz agónica del Sol le poblaba la retina con una inusitada gama de colores sugeridos en aquellos trazos fosforescentes que delineaban como tema el posible origen de la humanidad.
Hubo un tiempo en que Rafael Torrealba pintaba paisajes. Eso fue al comienzo de su vida artística alternada con su profe­sión de diseñador y dibujante técnico a nivel de la ingeniería y arquitectura. Luego hizo ejercicios en el campo del abstraccionismo. Le dio posteriormente por la pintura social y finalmente cedió preponderancia a la pintura mística. Quería interpretar toda la esencia del Apocalipsis de San Juan.
Cuando veo esa pintura, el domingo anterior la volví a ver en una exposición en la Casa de las Doce Ventanas, organi­zada por Extensión Cultural de la Universidad de Oriente, cuando veo esa pintura, entreveo algo onírico y trato de encontrarle algún parentesco con la obra de Marc Chagal, precursor del surrealis­mo, lleno de miedo como un niño, falle­cido casi a los 90 años. Un día de esos en que lo encontraba metido de lleno con sus alumnos, le advertí de ese ambiente onírico que captaba en algunas de sus pinturas.
- No, no es onírico, lo que pasa es que las cosas que no pueden ser copiadas de la naturaleza pasan por oníricas. Simplemente esta mía es una pintura bíblica, religiosa.
- ¿Desde cuándo está Torrealba en esa corriente?
- Tengo años en esto. En Nueva York expuse una muestra de pura pintura meta­física que llamó mucho la atención, ins­pirada en principios del Evangelio y del Viejo Testamento, con el paralelismo de los dos mundos que existen.
Nos acercamos a la obra sobre el origen
de la vida para apreciarla mejor eón los
electos de una luz negra fluorescente. Allí estaba representado el mar, el sol sumergido, los peces, el espíritu que baja, la humanidad en decadencia, las explo­siones atómicas, las siete trompetas anunciando el fin de los tiempos, el cielo adánico que no ha de morir, Cristo, el mundo del futuro que es la paz, los ovnis bajando. Nos detenemos en los ovnis.
- ¿Cree usted en los ovnis?
Los ovnis son una realidad que yo he vivido. Un día como persona, no como periodista, vendrán para enseñarte algu­nas cosas.
¿Has visto alguno?
Como no, bastantes. Existe un grupo que conocemos como "Misión Cristiana de Renovación de la Fe" que viene a bordo de ellos. Esto es un hecho descon­certante que no tiene explicación huma­
mapamundi estampado en triángulos cuyos vértices caen con pasmosa exacti­tud en puntos sensibles de la geografía universal. Las puntas de uno de esos triángulos tocan en la Pirámide de Keops de Egipto, la Pirámide del Sol, en México y el Valle de los dioses en Bolivia - Perú. Pero lo más interesante es que encierran a Guayana, lo cual él interpretaba como centro de los poderes de decisión del mundo en el tercer milenio. Porque todo este conflicto que en todos los órdenes estamos presenciando, bélico, religioso, político, económico, terminará con el triunfo del cristianismo, tras una confla­gración que será como una especie de catarsis donde todo lo abominable queda­rá purificado por el fuego.
Torrealba nos prometía hablar más ade­lante sobre este tema para él muy apasio­nante. Mientras tanto quería ocuparse de los problemas de la cultura. Quería hacer algo y comenzó a trabajar, invitado por la CVG, para hacer una exposición en la Sala de Arte de Sidor. Entonces viajó por la Gran Sabana captando imágenes pues­to que la exposición estaba toda dedicada a Guayana, la tierra magnética y telúrica­mente más vieja del mundo, según sus propias palabras.
¿Cómo vez el panorama cultural?
- He encontrado una distorsión total en el aspecto cultural. La cultura la veo bicé­fala y enchinchorrada.
Torrealba que figura como uno de los fundadores de la Casa de la Cultura de Barquisimeto, de su Festival internacio­nal del folclor, de la Feria de la Divina Pastora y del Museo del Centro Cívico, prefirió dejar las cosas hasta allí para no entrar en polémica, cuando le pregunta­mos qué quería decir con eso de bicéfalo y enchinchorrado.
- ¿Sus paisanos cómo lo han recibido?
- La mayoría muy bien, pero hay gente por allí que cree que voy a abusar de mi influencia para cortar paticas.
¿Qué gente es esa?
Por ahí hay personas muy nerviosas
- ¿De qué nivel?
- De ciertas jerarqufá& pero no hay que temer. No te olvides que „yó llegué a ver Guayana invitado por la CV G para trabajar  (1983) en desarrollo cultural y social la y yo, a través de esa institución tan poderosa  pude hacer un diagnóstico cultural de Guayana que es más de lo que tú te puedes imaginar. Pienso escribir para Arte plantear muchas cosas y despertar la conciencia de alguna gente que se crió aquí,  que se hizo rica y se fue para Puerto Ordaz a hacerse más rica todavía.
Entonces pensaba Torrealba en la posibilidad de un simposio cultural con la  presencia de Soto, Alejandro Otero, Régulo Pérez, el Indio Guerra, Alirio Rodríguez, González Bogen, Lucila Palacios, Luz Machado, Jean Aristiguietta, Jesús Sanoja, Argenis Daza, Manuel Alfredo Rodríguez y con mucha gente vinculada a la región, a ver que más de lo poco que se había hecho,         era posible hacer para llevarla adelante la materia artística y cultural.  
Él, mientras tanto, trabajaba medio tiempo en Inagro y por la tarde atendía en su taller en Vista Hermosa. Era cuando ese instituto manifestaba interés por rescatar valores de la identidad regional: folclóricos, etnográficos y populares.
Yo estoy metido a fondo con estas cosas.  He hablado  con Sánchez Negrón y con la gente de la CVG en torno a la ejecución de un proyecto insertado en el VII Plan de la nación y que tiene mucho que ver con esto que estamos haciendo en Inagro y que va a servir para incentivar a la mana campesina, la artesanía popular, la posibilidad de rendir un aporte al turis­mo porque no se puede vivir contemplan­do el paisaje nada más. El Movimiento Artístico Guayanés es una buena posibi­lidad para echar a andar la cultura en esta ciudad porque está integrado por perso­nas serias, profesionales casi todos naci­dos en Ciudad Bolívar. Hay que tomar responsabilidades para trabajar y hacer algo porque tú te das cuenta que la ciudad muere con el atardecer. La gente no tiene aquí un teatro, una escuela de artes plás­ticas, no hay una academia de música, no hay un taller de teatro serio, una bibliote­ca formal moderna. Aquí todo el mundo como que se está quedando a la sombra de los mangos.
Comentaba que la Dirección de Cultura debería estar en el casco de la ciudad y no en las afueras donde estaba entonces, que se debía pensar en un Museo Indigenista, en un Acuario y en un Museo del Orinoco.
- Yo no sé por qué no se puede hacer si tenemos cerros llenos de hierro, ríos lle­nos de electricidad y dinero para hacer autopistas.
Rafael Torrealba creía en la posibilidad de hacer muchas cosas y él por su parte lo estaba haciendo apoyado en el Movimiento Artístico Guayanés, cuyos integrantes recibían  clases de aficionados y perfeccionamiento en su taller. Su Taller lo había convertido además en centro de reuniones y tertulias artísticas e intelectuales de ese movimiento que en aquel momento trabajaba para una gran exposición que luego continuaría cada año. También él preparaba su quinta exposición individual en la ciudad o Maracay.
Torrealba hasta entonces había partici­pado también en más de veinte colectivas y desde la Oficina Técnica de la FAO en Venezuela que manejó durante varios años tuvo la ocasión de vincularse en arte y conocimientos con varios países del mundo.
Después fue titular de la Dirección de Cultura de la Alcaldía de Heres (1993) y finalmente profesor de los Talleres de Dibujo y Pintura de la Universidad de Oriente en la Casa de las Doce Ventanas y concibió el proyecto Talleres de Artes Plásticas, Centro de Arte Alejandro Otero, de la Uneg.
Precisamente, esta Universidad inaugu­ró el domingo anterior su última exposi­ción individual, de la cual fue curador y en la que debía estar presente sin presen­tir el final que lo aguardaba. En el acto, Juan Guerrero, autor del diseño y catálo­go de la exposición, y Diana Gámez, pre­sentaron la muestra cuyo montaje estuvo en las manos de María Alcina Gamboa.





lunes, 23 de marzo de 2015

-- JUVENAL RAVELO



Afiche de mi exposición individual en Miami desde el 10 de Abril al 30 de Julio.





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JUVENAL RAVELO
Venezuela
0414 258 05 16

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             juvenalravelo@hotmail.com
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martes, 16 de diciembre de 2014

Hoy el día de Kandinski


Hoy es el  día de Vasil Kandinski, pintor ruso precursor del arte moderno con su obra y su libro "Punto y línea sobre el plano".  En la colección permanente del Museo Soto conocí su abstración lírica.

miércoles, 2 de julio de 2014

Las obras visuales de Pérez y Latorraca

(Reportaje de Américo Fernández publicado el 3 de diciembre de 1984 en el diario El Expreso)
José Rosario Pérez

Obras de Pérez y Latorraca
un desafío a la capacidad perceptual

·       Los dos artistas de la plástica exponen sesenta obras  bidimensionales y espaciales  en la sala de are de Sidor.
·       Latorraca piensa en la cuarta dimensión utilizando el rayo laser y José Rosario Pérez inventa una cámara  para sondear los misterios del color blanco.

Hacia los años sesenta el arte de la abstracción perceptual hizo su aparición manifiestan, Joaquín Latorra­ca y José Rosario Pérez, el primero hijo de un periodista y de un sastre el segundo. Ambos, andaban por las aulas liceístas tocados en alguna forma por la efervescencia revolu­cionaria que tenía sus nú­cleos más sensibles en las 'universidades, en las Casas de Cultura y en las montañas.
Soto, Cruz Diez, Narciso Debourg, Omar Carreño, ya se entendían en París con el Movimiento óptico y cinético y a Venezuela llegaban los destellos de Agam, Calder, Duchamp, Vasarely y otros atrapados por la magia del nuevo arte que rompía brus­camente contra todo lo que oliese a figurativismo.
José Rosario Pérez y Joa­quín Latorraca no dejarán la escuela de la pintura tradi­cional sino ocho o diez años después cuando la Casa de la Cultura de Mimina Rodrí­guez Lezama, la Galería Nivel 17.9 de Lobelia Guzmán y el Grupo Araña de José Quiaragua Pinto, Enrique Aristeguieta, José Laurencio Silva y Oswaldo Páez ser­vían de fermento a las inquietudes juveniles, también mo­tivadas por las visitas fre­cuentes de Soto y de los artistas que junto con el pintor guayanés estaban de­trás de la idea de un museo de arte para Ciudad Bolívar.
 Latorraca debutó en el arte moderno con sus formas arrojadas al espacio, mientras José Rosario Pérez vio en la abstracción geométrica una posibilidad de recreación creativa mayor que la del carboncillo traduciendo la expresión facial de la gente.
A partir de allí no ha habido pausa en el camino trazado. Latorraca ha quemado cua­tro etapas sin caer en re­trocesos ni desviaciones y lo mismo se puede afirmar de Pérez, con quien ahora confronta su obra en la Sala de Arte Sidor, la misma que no hace mucho exhibió escul­turas del inglés Henry Moore y serigrafías del alemán Jo­sef Albers, con su homenaje al cuadrado que resalta el hecho de la dinámica óptica variando la relación tanto métrica como cromática.

EL CUADRADO DE JOSE ROSARIO PEREZ
El cuadrado de José Ro­sario Pérez que se repite en serie nada tiene que ver con el cuadrado cromático de Albers. En todo caso, con Malevich que tiene una obra llamada "Cuadrado Blanco sobre Cuadrado Blanco". De aquí dirá él que parte su obra. El cuadrado de Pérez es sólido, puramente blanco y en miniatura, que se repite en series y en forma estructu­ral sobre un plano dando la sensación de tranquilidad e interferencia a la vez. Cuan­do el espectador se adentra a la profundidad de la obra llega a detectar el fenómeno de reflexión y absorción de la luz. La luz es blanca y Newton demostró que el color es el resultado de la descom­posición de la luz blanca. Por ser totalmente blanca en la obra de JRP, la luz no es absorbida, pero el artista se la ingenia para aprehen­derla en los hundimientos provocados por la separa­ción cuadricular de los só­lidos. La longitud de onda de la luz proyectada sobre la obra provoca movimiento y tonalidades que van desde el gris perla hasta el azul.
Se requiere, indudable­mente, un buen sentido de la percepción para registrar es­te fenómeno sutil que el artista traslada a otra dimensión utilizando la secuencia del cubo sobre el vértice contrapuesto al de las caras donde se materializa el mis­mo juego cuadriculado de los sólidos.

LAS FORMAS VECTORIALES DE LATORRACA
Las "Formas Vectoriales" de Joaquín Latorraca enca­jan dentro de su misma línea de siempre y en la Sala de Arte de Sidor que dirige la Nena Acosta están conte­nidas en 14 estructuras, 15 alguna vez con el auxilio de la cibernética y utilizando el rayo laser. Ya entonces se hablaría de la cuarta dimensión.
Si la fotografía ha llegado a la tercera dimensión (la holografía) con la utilización del laser, seguro que llegará a la cuarta por la misma vía es cosa de ver en tiempo cer­cano. Joaquín afirma que su obra es un cubo visto de distintas maneras en el espa­cio y que el problema es de percepción. Un cubo destro­zado lanzado al espacio sigue siendo el mismo cubo, pero nadie lo reconocería y allí la intríngulis de la cuestión. Se plantea entonces un proceso en el que hay que  plantear los problemas de velo­cidad de la obra, dirección, profundidad, espacialidad, color, forma, ángulo visual.

RETO A LA CAPACIDAD DE PERCEPCION
José Rosario Pérez, pre­miado con la Cruz del Sur del Salón Ernesto Avellán en 1973.  Ha realizado durante su vida de pintor 20  exposicio­nes individuales.  Participa­do en 50 colectivas y en la Sala de Arte de Sidor sus obras se reducen a 13: 10 cubos, dos estructuras de 1,80 por 1,80 y una tercera de 1,20 por 1,20. La obra de Pérez es real­mente dominante, hasta el punto de que llega a aplas­tar el verde terrible de la alfombra de la sala.
-¿Por qué el blanco y el cuadrado, dos elemento sim­ples?
-Porque lo genial reside en lograr lo máximo con lo menos, con lo más simple. .
.-¿De dónde parte tú obra?
-De una posibilidad adver­tida por en las obras del ruso Malevich  nacido en Rusia el siglo diecinueve y del cual  hay una obra original en el Museo Soto.  Pero la obra que me abrió el camino fue el Cuadrado Blnco sobre el Cuadrado Blanco.
¿Te dejó algo tu pasantía por el Museo Soro?
-No puedo quejarme, aproveché elñ tiempo a pesar de mis últimos malos ratos.
-¿Qué explica tu obra?
-Mi obra se explica por si misma, tiene un lenguaje muy propio al cual se llega con agudeza perceptual.
-¿Y por ese camino a dónde piensa llegar?
-Estoy apenas comenzan­do, no tengo prisa, cuando haya avanzado más entreve­ré mejor lo que esté por el momento más allá de mi alcance. Tengo mucho por hacer y entre las cosas, está la de construir una cámara para seguir investigando y profundizando sobre las posibilidades del blanco
-¿Tus obras todas parecen iguales?
-A primera vista mis obras son iguales, pero luego que se profundizan y observan de­tenidamente se concluye en que son diferentes. Hay un punto de diferencia de una a otra obra y esto planteado así es como un desafío a la capacidad de percepción del ser humano. Eso es parte de mi planteamiento. Aunque parezca lo contrario, cada una de mis obras tiene su propia personalidad, su indi­vidualidad. Tienen una vida propia dentro de un sistema en la que interactúan. Esto puede observarse en la serie de los diez cubos donde cada uno tiene una fragmenta­ción en tres caras que van evolucionando al tiempo que dan una sensación de ener­gía.
.-¿Con qué material traba­jas?
-Con madera contra-encha­pada, tratada, lijada y reli­jada, cola plástica, resina y una técnica de estuque de cola con yeso que descubrí sin saber que ya existía y que le da a mis obras esa tex­tura tan particular que presenta .

MI OBRA SE CONFRONTA ASI MISMA
Joaquín Latorraca no lleva cuenta de sus exposiciones, pero asegura que ha participado más en colectivas que en individuales porque parte de la creencia de que es más importante la confrontación.  Le preguntamos entonces si su exposición en la Sala de Arte de SIDOR es una confrontación con la obra de José Rosario Pérez y respondió:
-Toda mi obra se confronta así misma y también forzosamente con la del compañero con el cual expongo.
¿En qué se identifican ustedes dos?
-Desde el punto de vista  artístico nos identificamos en el sentido de que creemos en lo que hacemos.
..-¿Existe relación entre tu obra y la de Pérez?
-Hay una relación espacial  que consiste en sacar plano el objeto, las formas, pero hay fenómenos ópticos, movimientos retinales que logran de un modo y, yo, otro. Ambos utilizamos la madera, pero la trabajamos y la tratamos de manera distinta. La textura de mi obra es más delicada mientras que la de Pérez es más piedra.
Yo observo que Pérez trata de lograr muchas cosas utilizando simplemente un color y una sola forma geométrica, mientras tú recargas tus cuadros con diversos colores?
-El color me ofrece muchas  posibilidades en lo que investigo y admito que variablemente he trabajado con colores muy cálidos, muy fríos y muy fuertes, pero  ahora estoy de regreso al pastel, color con el cual empecé. Siempre he tenido tendencia hacia el pastel.  Rreconozco que una de mis fallas ha estado en la utilización de colores agresivos, pero los he ido tonificando hasta lograr un clima tranquilizante.
-Observo igualmente que mientras JRP logra sus efectos ópticos con la repetición constante del cuadro, tú lo haces con figuras romboides superpuestas?
- No son romboides sino cuadro desplazados.  Puede ser que estén en forma romboidal, pero para mí son líneas de corte biselado que dan sensación de cuadro en desplazamiento, en fin, materia en movimiento flotando en el espacio.
-¿Cuántas etapas se cumplen ya en tu carrera de artista?
--Cuatro sin incluir la figurativa.  La etapa de las formas arrojadas al espacio que es el comienzo de lo que hago ahora; la etapa de las esculturas; la de materia y luz y la de ahora que son las formas vectoriales.
¿Vectoriales, por qué?
-Por la sensación vectorial que despide..
¿Por supuesto que es la etapa más seria?
-Es la más seria de mi vida, pero no la final. Para mi es el primer paso para algo más trascendente y a tono con los adelantos técnicos y científicos que implican pensar en la cibernética y en el Rayo Laser
-José Rosario Pérez dice que su obra parte de una situación dejada en suspenso por Malevich ¿En tu obra se plantea alguna situación similar?
-No, específicamente.  Es una consecuencia que parte de 1969 con las Formas Arrojadas al Espacio.
-¿Oi decir que tu obra contiene elementos de la obra de Fausticuatritis, la artista italiana, esposa de Getulio Alviani?
-Hay unas cuatro obras de ella con algunas piezas de las que yo llamo “vectoriales”, pero evidentemente que el concepto es muy diferente.
¿Hay continuidad en tu obra?
-Siempre la ha habido sin que quiera decir que no haya habido modificaciones y alguna ruptura.  Yo descubrí en esta etapa  de mi vida que lo mas importante es el desplazamiento de las formas en el espacio  en esa línea me he mantenido.
El 2 de diciembre cuando concluya esta exposición en la Sala de arte Sidor, José Joaquín Latorraca viajará a Margarita para participar como invitado en la Bienal Nacional de Esculturas “Francisco Narvaez.