En "Viajeros del Infinito", libro inédito del bolivarense Víctor Medina Silva, hoy radicado en Maracaibo, dedica este pasaje a su paisano el Maestro del Arte óptico Jesús Soto:“lo inmaterial es la realidad sensible del universo. El arte es el conocimiento sensible de lo inmaterial” Jesús Soto Calvin Soto era parco, de gruesos bigotes, cabellos alborotados y mirada melancólica. Parecido a Einstein. Metido de lleno en sus vuelos imaginarios. Creativo por naturaleza y atosigado de vibraciones. Le gustaba cantar y tocar guitarra. La estudió a profundidad. Su amor por los tangos, parrandas y sueños posibles fue inmenso. A Concepción Nina Rodríguez, sus íntimos le decían Coqui. Le gustaba escribir y dejó una herencia de versos maravillosos. Era celosa y obsesiva. Hablaba y hablaba, a diferencia de Calvin -o Cal, como le decía- que prefería estar callado. Sobre todo cuando aturdía con sus celos. Sus vivaces ojos hablaban más que ella. El don de la sublimación y la sensibilidad unen a los artistas, nos hace comprender la trascendencia de su manera de concebir la vida. Elías Medinaty fue el gran amigo de Calvin Soto. Él y Concepción compartieron espacios literarios, la poética y el afán por honrar a Soto. Elías fue obligado a estudiar medicina, tratando su familia de distraerlo de la poesía. Soto reclamó que se hubiese dejado coaccionar y separar del movimiento poético que impulsaba, con el que pudo engendrar una corriente creativa nueva y original. Decía que ese estilo literario se empezaba a gestar en París. El estilo desarrollado por Medinat y otros compañeros pudo llevarlos a la fama mundial, ser pioneros y tal vez ganarse un Nobel. En una oportunidad, Soto le dijo a Medinaty: “Pudiste llegar a ser un vanguardista, Elías...”. En aquellas alambradas del gallinero de la casa materna, Calvin vio como el sol del atardecer bailaba entre la tela metálica y se le metió entre ceja y ceja que allí había algo que parecía moverse, que le bailaba en la cabeza. Era el brillo de la genialidad que impregnó sus retinas y lo hizo ciego para la plástica tradicional. Era mucho más lo que habitaba su cabeza. Los cartelones del cine se reían de sus vainas íntimas, pero siempre les explicaba lo que andaba buscando. Que va, los avisos de películas no tenían cabida para elucubraciones. Ni siquiera las tradicionales escuelas de pinceles, lienzos y claroscuros seguían tan extraño ritmo. Tendría que ir a buscar su sol en otra parte. Más allá del charco salado de los atlánticos, pensó. Un día caluroso, como los más de la ciudadela amada, el soñador incansable tomó sus corotos y se fue a la vuelta de la esquina, a esa aldea enorme e impactante llamada París. Sabía, mejor decir presentía, que allí estaba signado su destino artístico y existencial. La hermosa capital francesa supo para siempre de su canto, guitarra y curiosidades plásticas. Allí floreció su sueño cinético. La ciudad luz si que estaba ganada para sus novedades. De cuando en vez volvía a su querencia calurosa de arenales y piedras. Hasta se empeñó en montarle un espacio para esas otras maneras de concebir las artes. El cinetismo tenía que conchuparse con las alambradas del patio. Su gente merecía estar cerca de sus hilos y vibraciones. Ahora brilla el Orinoco y Ciudad Bolívar en el mapa cultural de la humanidad. Aún su gente no percibe la magnitud de su siembra. Hasta los euros y otros admiradores de más lejos llegan a ver eso que llaman museo, esa edificación -cual cajas blancas- que miran pasar a tanto viandante y tanto carro por su frente como si de cajas misteriosas se tratase. Soto es sol que ilumina los senderos del arte sorprendente y actualísimo. Cinetismo de post-grado, de maestría. Así, ignora fronteras. Habla en silencio -incluidos los penetrables que tienen alma de polietileno, que son los que más suenan y sueñan, gracias a Dios- y ofrenda promesas de otras estancias del ser. Promesas cumplidas. Por tanto, tómese tales promesas como hechos. He allí el arte inmortal. Un sol que brilla en blasones y ondea en las tardes guayanesas. Que se rompan todos los hilos y todas las partes de todas las obras del sol de Soto que la técnica les repondrá cada vez y la obra será y será. Soto, es inmortal como su obra. Jesús Soto, nació en Ciudad Bolívar el 5 de junio de 1923 y desencarnó en París, a los 81 años de edad, el 14 de febrero de 2005, donde vivió desde 1950. Fue un importante creador del arte cinético, el que inicia y desarrolla a finales de los 50. Estudió en la Escuela de Artes en Caracas, donde conoció a Carlos Cruz-Diez y Alejandro Otero. Soto es famoso por sus "penetrables", esculturas dentro de las cuales las personas pueden caminar e interactuar. El arte de Soto es inseparable del observador y solo puede estar completo con la ilusión como resultado de la observación. En París, en los años 50, no se hablaba de geometría ni constructivismo ni abstracción geométrica, solo interesaba la abstracción lírica y la pintura gestual. El grupo “Los Disidentes”, formado por Otero, Manaure, Navarro, Guevara Moreno, Perán Erminy, Núñez, Aimée Battistini y otros que habían tomado una posición crítica hacia el arte figurativo, destacaba por sus planteamientos abstractos geométricos y su no rotundo a la pintura tradicional. En esa atmósfera llega a París Jesús Soto. Conocía las obras de Mondrian, Picasso, Braque y el cubismo por litografías. Soto se decepciona de lo que se estaba haciendo en Paris y va a Ámsterdam al encuentro de Mondrian. Muchas interrogantes en el joven artista de 27 años. Comenzó a trabajar con la influencia de Mondrian y Malevich y a reunirse con Tanguily, Calder y Vasarely, quienes también tenían interés por el movimiento real o virtual. Empleaban plásticos, metal, alambres, motores, etc. Todavía en los 60, ciertos artistas decían: “Soto lo que hace son rayitas”. Él se mantenía inmutable, concentrado en su búsqueda, estudiando ideas nuevas, buscando salidas a sus planteamientos plásticos. Tocando guitarra para vivir y hacer su obra, daba a conocer la música venezolana y latinoamericana. Al fin observó como se producía lo que llamó “visión del movimiento”. Probando sobre dos o tres superficies rayadas, acercándola y alejándolas, observó como se movían con el desplazamiento. Y así nacieron muchas obras, entre ellas “Espiral”, más tarde “Los penetrables” y un sin número de obras de diferente formatos y colores. Con constancia, voluntad, sensibilidad, serenidad, humildad e investigación, desarrolló su obra, convirtiéndose en uno de los creadores plásticos más importante del siglo XX e inicios del XXI”. Einstein revoloteaba en su biografía y Chuchito el pianista grabó su cinetismo musical. En una de esas tertulias sublimes, llegó a comentarme que su sueño mayor era construir un penetrable donde él desapareciera. Me quedé observando su perfil, coronado por larga cabellera gris que hacía juego con el bigote senil, y su mirada volaba en éxtasis sobre el techo del Museo. Supo sabiamente mezclar el ritmo musical con la plástica y el cinetismo cantó sus vibraciones. Una de esas mañanas angostureñas de los setenta, se encontraron en una de las casonas del centro histórico, Calvin y Concepción. Ella quedó alelada mirando los bigotes del soñador y él reventaba cuerdas de sentimiento al recibir el impacto de los ojos vivaces de Coqui. No eran necesarias las palabras. El beso entre la poesía y el cinetismo expresaban al cielo todas. Sabían que se encontraban en medio de los campos del deseo. El fuego inundó la creación y fusionó sus corazones. A lo lejos, la estridencia de un vendedor ambulante regalaba una canción de Anthony para JLo. Los pequeños resquicios del afecto sirvieron para enaltecer un amor que iba más allá de las artes. Amor del bueno, de poesía, de penetrables. “Coqui -le decía con cariño- lléname de versos”. Y ella entendía que lo llenara de besos. “Tranquilo, Cal, solamente espero ofrendes todos tus penetrables a mi existencia” –respondía con ternura, acariciando las cuerdas de la hamaca multicolor. Él le enseñó los secretos del éxtasis. Amor de artistas. Más allá de la razón, más acá del corazón. Tras abandonar el plano terrenal, descubrieron en el próximo cono-etapa que siempre fueron hermanos. El amor es sabio. En la firma del cinetista pude apreciar emocionado el SOIO que creí ver en los primeros trazos del australopithecus. Vigencia de eterno presente. Dios, el gran arquitecto de la vida, sabe demasiado."
La obra de Juvenal Ravelo (Venezuela, 1934) se mueve en las coordenadas de una poética abstracta geométrica claramente escorada hacia el arte óptico, aunque implícitamente combina también elementos del arte cinético. En ambos casos, el arte cinético y el arte óptico, participan del movimiento como elemento definitorio de su estética. Solo que en el primer caso, las obras incorporan el movimiento de una manera física, más tangible, mientras que en el arte óptico, en cambio, el movimiento es ilusorio y varía según el efecto óptico que se produce en la retina del espectador, cuando este desplaza la mirada por encima de la superficie de la obra.
En las obras de la exposición Juvenal Ravelo, el efectismo óptico eclipsa al cinetismo, por lo ilusorio de los espacios que construyen, por la fugacidad con la que experimentamos, comoflashazos, las imágenes cambiantes que lanzan las obras cuando nos desplazamos delante de ellas. Las 28 obras que conforman la muestra se titulan Fragmentación de la luz y el color,excepto dos: Fragmentación de la luz y el color por transparencia y Fragmentación de la luz y el color en armonía por analogía.
Hay una insistencia pertinaz en la obra de Ravelo –como también la hay en toda la abstracción geométrica latinoamericana más pictórica– por mimetizar variaciones en la relación entre la luz y el color, entre el fondo y las formas, entre lo constructivo de esas formas y lo abstracto de los espacios que dibujan. En el caso de Ravelo, esta obsesión la resuelve precisamente con la fragmentación del color a través de cientos de pequeñas láminas de maderas pintadas de diferentes coloridos.
Conformando unos fondos, cuya paleta de colores se va degradando escalonadamente, como si de un arcoíris objetual se tratara. Sobre este fondo, el autor ha dispuesto de forma horizontal, vertical, transversal o en zigzag decenas de pequeños espejos o elementos refractantes con inclinaciones varias, que ejecutan distintos ángulos respecto al fondo, reflejando un plasticismo multiplicado del mismo.
De suerte que si un espectador fija la retina sobre el cuadro y hace un desplazamiento de la mirada, por mínimo que este sea, experimentará un caleidoscopio acelerado de figuras, una vertiginosa sucesión de acontecimientos espacios temporales que acabarán por embelesar sus sentidos (similar a como sucede con las obras de Cruz-Diez y Soto y otros artistas ópticos). Y se verá atrapado en una combinación apoteósica de luz y color que le invitará a regodearse en sus instantáneas e infinitas combinaciones, a regodearse en una percepción de la realidad que se muestra, una y otra vez, reacia a ser aprehendida.
El arte óptico-cinético de Ravelo postula un espectador, implica que su mirada forme parte de la obra, porque es quien ejercita o desvela el movimiento que está potencialmente oculto en su estructura. Es un arte de magnitudes relativas ya que su lectura e interpretación depende del movimiento, de la luz, del color, del fondo, de los volúmenes formados entre el plano y la línea, o de la infinita combinación de estos elementos. Su mundo es el mundo de la relatividad.
De ahí esa escolástica sobre la línea y el plano que hace muchas veces repetitivas y enigmáticas las obras del arte óptico en particular, y de la abstracción geométrica en general. También de ahí, ese espíritu profundamente formalista que, de algún modo, parece haber cortado amarras con la realidad, porque sus referentes son los que codifican el lenguaje del arte contemporáneo. No son, en otras palabras, referentes extraídos de la realidad propiamente dicha. Y, si lo son, es precisamente a partir de una traducción de estos referentes como la luz y los colores, la materialidad o la espiritualidad, expresado en clave de la sintaxis abstracta geométrica.
Pero este hermetismo, esta enigmática apariencia de las obras de Ravelo, comienza a despejarse si recordamos que la poética y el discurso de abstracción geométrica latinoamericana, en sus diversas variantes es, genéricamente, una tendencia dentro del movimiento conocido como informalismo europeo emergido tras la II Guerra Mundial. Y que la abstracción constituyó una respuesta radical a una tradición pictórica basada en un tipo de figuración engullida por la maquinaria propagandística ideológica de regímenes totalitarios. Regímenes totalitarios (el nazismo alemán, el fascismo italiano, el estalinismo soviético o la Francia de Vichi) que manipularon los valores de la tradición figurativa anterior para legitimar la visión de su mundo de vida. Si tenemos presentes estos elementos, las obras de Ravelo –y también la abstracción geométrica latinoamericana– se abren a otros horizontes interpretativos. Veremos entonces, además de las caligrafías repetitivas que descomponen la luz y el color, un mundo abstracto geométrico que nos descubre otras dimensiones temporales, otros modos de ver, de sentir y representar la realidad que vivimos.
Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente. Reside y trabaja entre Miami y Madrid.
dmatos66@gmail.com
‘Juvenal Ravelo’. Hasta el mes de junio en Durban Segnini Gallery. 3072 SW 38 Ave. Miami. www.durbansegnini.com



