sábado, 19 de septiembre de 2015

JOSÉ MARTÍNEZ BARRIOS


Dejó de ser pintor onírico como Chagal para dormir el sueño eterno



Recorrió el mundo en su imaginación mitológica, sin tener que vadear jamás el Orinoco.  Vivió arrinconado en una casa miserable humillada con el nombre de calle Democracia, anclado de por vida en el claro-oscuro, dentro de una línea popular de creación muy espontánea que cautivó tanto a legos como a crítico en el campo de las artes visuales.
Américo Fernández

En octubre de 1967, recién inaugurada la Casa de la Cultura de Ciudad Bolívar, José Martínez Barrios realizó por primera vez su primera expo­sición individual y todos sus cuadros se vendieron al instante, mas con el producto de la venta el pin­tor estuvo desaparecido tres días con sus noches. La pintura de Martínez gustó y comenzó a gustar a partir de entonces por lo anecdótico de las figu­ras hechas con la técnica pasada del claro–oscuro y que algunos llegaron a catalogar de ingenua, pero ¿puede ser ingenua la pintura de un artista que tuvo escuela? Martínez estudió en la Armando Reverón, durante los ocho años que funcionó esta escuela de artes plásticas creada en 1958 y mientras permaneció en ella, logró cuadros bien orientados dentro de la técnica del academi­cismo clásico, pero una vez que fue cerrada la escuela por considerarla el gobernador de turno un nido de izquierdistas que tenía sus veleidades con las guerrillas, las figuras de su pintura comenza­ron a perder el equilibrio de las formas académi­cas cayendo en una expresión que proyecta su propia personalidad sicológica.
Aquella primera exposición de Martínez a la cual siguieron de inmediato otras hasta llegar al Ateneo de Caracas, fue prácticamente acaparada por unos pocos coleccionistas, entre ellos, el antropólogo Jean Marc Sellier, quien la calificó de sorprenden­te: Este artista, al pretender pintar una alegoría al estilo de Fragonard, redescubre por su cuenta el mundo onírico de Chagal y del aduanero Rousseau. La fuerza del instinto espontáneo es tan fuerte, que el pintor no repite mensaje de otros. Sólo encuentra el suyo propio en la profundidad de su inconsciente.
José Martínez, magro, apacible, facundo como
fecundo, pintor a quien los citadinos nunca dejaron de tomar en cuenta a pesar de su origen y per­manente estado de humildad, tiene tanto él como su pintura, singulares anécdotas que suelen contar sus colegas artistas y poetas con las cuales solía reunirse diariamente en amenas tertulias por las tardes en torno a las mesas graníticas del Boulevar Bolívar.
Una de ellas dice que un hombre de su calle, en el perímetro del Casco Histórico, le llevó a uno de sus hijos para que le hiciera una pintura, pero el niño pobre tenía el vestido raído y el padre le pidió al pintor que por favor lo mejorara en el retrato. Martínez lo tranquilizó con una sonrisa, pero luego que en el coleto fue apareciendo el párvulo con ropaje de príncipe, el padre molesto le batió a Martínez el lienzo sobre la misma testa.
Hay otra anécdota ocurrida cuando estudiaba en la escuela Armando Reverón y el cura párroco de la ciudad llevó a la Escuela el cuadro de un santo pintado al óleo para que los estudiantes le restauraran una mano que se le había excoriado. Los traviesos muchachos aceptaron, pero la restauración la convirtieron en una mano tan descomunalmente larga que el cura cuando vino por el cuadro estalló hecho una furia y amenazó con exco­mulgarlos a todos. Martínez oportunamente abordó al religioso con la pureza del mismo santo y salvó a sus compañeros de la presunta excomunión corrigiendo la mano desfi­gurada y devolviéndole al indignado sacerdote su habitual semblante de pas­tor.
Antes de ingresar a la Armando           Reverón, Martínez había tenido de maestro en su taller de la calle Democracia, al pintor español García Meneses que le hacía retratos a los obispos, res­tauraba las imágenes de las iglesias y hacía las carrozas del carnaval.
"Mi primera pintura fue muy académica", me dijo en la oportunidad de un diálogo sostenido en torno a una mesa dura y redonda del boulevard.
- Uno empieza por ser paisajista, bodeguista. Luego cuando estudia la figura humana, se trans­forma en anatomista y de aquí entras en la etapa mística de la búsqueda, tratando de profundizar en la esencia de la figura, ya no en la persona o cosa que uno objetivamente ve, sino en su esencia, entonces se expresa en una forma metafísica.
- ¿No estás tú como detenido en la pintura del siglo pasado?
- Yo estoy detenido en la etapa de la pintura fran­cesa que vivió Arturo Michelena porque es la más elocuente del realismo academicista social.
- ¿Por qué es la más elocuente?
- Porque se acerca más al ser humano, porque involucra el deseo de imitar la realidad, de repro­ducirla. Contar la historia con la figura humana es lo que me llena, yo siento eso todavía. Desde luego, hoy no hay tiempo para hacer lo mismo que hacía aquella gente que pasaba trabajando un cua­dro seis meses, sin importarle mucho el hambre que sufrían a causa de ello.
Desde que murió su última tía en 1986, Martínez vivía prácticamente solo en su humilde casa de la calle Democracia, apenas con un par de gatos y un perrito llamado "Pilin con el cual se divertía poniéndole su corbata.
Uno entra en la casa de Martínez, si es que puede, porque en ese maltrecho y reducido espa­cio todo se confunde. Uno entra y encuentra sobre un piso cubierto de huesos sueltos un arrume de periódicos, revistas de artísticos desnudos, libros, lienzos, tubos de pintura, espátulas, caballete, pin­celes, latas de sardinas, paltoes y corbatas.
No está el televisor, ni el reproductor, ni sus dis­cos favoritos de Pérez Prado y la Sonora Matancera, la voz de Caruso y Mario Lanza, porque desde que se murió su abuela, los ladrones jamás lo dejaron en paz.
Casi todo se llevaron los amigotes de los ajeno, hsta las zapatillas azul de Haibee, la mujer soñada de Martínez, que según nos dijo en reiteradas ocasiones, vive en Puerto Ordaz “donde tiene sus churupos”.  ¿Sabrá de su muerte?  Seguro que no lo sabe porque Haibee sólo vivía en la imaginación de Martínez.
-¿Cuándo y dónde la conociste?

-A finales de los años cincuenta  en un hotel de la ciudad, tiempos de la Sonora Matancera que llenó un momento romántico de mi vida.  Cuando Haibée cumplió 17 años, tomé champaña en una  de sus zapatillas. Estaba recién llegada de Norteamérica.
- ¿Ha sido tu único amor
Mi gran amor entre mil a mores.
- ¿Por qué una extranjera?
- A mí de plano no me gusta la venezolana.  Es muy fría, muy loca. Sexualmente no está en nada.  Es decir, no sabe nada de sexo en el sentido mágico de la palabra. Tiene una mentalidad embasurada, en fin, alienada por una propaganda  cursi como es la de televisión.
- ¿Todas las venezolanas?
Claro que hay excepciones como mis amigas periodistas Luisa Barroso y angélica Martínez, mujeres cultas con las que se puede hablar.  La generalidad de las mujeres, mi querido Américo, no se detiene a la hora de cambiar comodidad por sexo y, lo triste, un sexo mal hecho.  Su cultura sexual  está llena de prejuicios y estupideces.
 - ¿Sin embargo, has tenido mil amores?
- Por eso hablo con propiedad.  Siempre me ponen de mal humor las mujeres vacías, me disgustan, me causan terror, por eso, porque son muy marginales.
- ¿Cuando hablas de mujer marginal en este caso, te refieres a las burdeleras?
-No. Ellas son otro tipo de gente.  Son mujeres que por accidente han aprendido muchas cosas y tienen vivencias inquietantes que son las que el  artista necesita. En los burdeles tú te encuentras con casos realmente interesantes.
- ¿Conociste a Edelmiro Lizardi, el dueño del famoso Trocadero de Ciudad Bolívar?
Mi papá era muy amigo de él. Yo lo conocí en ese lupanar.
- ¿Cómo era ese ambiente?
Una casa pintoresca, con cuartos de moriche en el fondo, situada en La Campiña. Por allí pasaron mujeres bellísimas de Maracaibo, Valencia, Upata. Uno se tomaba una cerveza por real y medio. El tercio costaba 1,25; dos bolívares la media jarra y tres el botellón. Allí yo tuve mis pri­meras incursiones en el sexo.
- ¿Estuviste particularmente empatado con alguna de esas mujeres bellísimas, como tú dices?
Como no, de una merideña llamada Juliana y de otra maracucha. Muy bellas. Yo en ese tiempo vivía leyendo libros de estética, de preceptiva lite­raria, filosofía y obras románticas. Como los acto­res de cine, buscaba argumentos para mi vida, temas que me nutrieran existencialmente.
- Y vives solo, con tus gatos y el travieso Pilín, ¿por qué?
Me siento bien con los gatos y con mi perro. Siento un gran amor por ellos y ellos por mí. Cuando salgo y estoy de vuelta, siempre me espe­ran en la puerta como en un concilio.
- ¿Cuántos gatos?
Tenía seis: tres grandes y tres pequeños, pero ayer aumentaron a diez porque encontré cuatro pequeñitos que los tengo en una cajita y no los voy a dejar morir de hambre. Los encontré en una casa abandonada y les compré un pote de leche y un tetero.
- ¿Tienen nombres?
- El más feo lo llamo Oso y al más pintado, Tigre. Son los únicos machos y los que tienen nombres. Los machos se van de noche de parranda y regre­san tarde y tengo que levantarme a abrirles la puerta. Ayer se aparecieron con una amiga y tuve que levantarme corriendo a servirles una lata de sardinas que les encanta y me veían de una mane­ra rara como preguntándome si estaba bravo y yo les respondí: "No, chicos, que va, coman y olví­dense de lo demás."
La conversación informal con Martínez había comenzado en el Boulevard y terminado en su casa, sin dejar éste de fumar y frotar una caja de mentol que siempre carga consigo. Le pregunta­mos sobre sus exposiciones y nos dijo que la últi­ma individual tuvo lugar el año pasado en la Casa de las Doce Ventanas con motivo del Día del Artista Plástico.
- ¿Cuál la de mayor éxito?
La primera en la Casa de la Cultura por inicia­tiva de Minina y del Profesor Sellier; la segunda en el Ateneo de Caracas a instancias del poeta y crítico de arte Rafael Pineda, otra en la Galería Germania del germano Wolfgan Scroder y la más reciente en la Galería Bicentenaria, patrocinada por el doctor Ramón Córdova Ascanio, excelente amigo, gran persona, me ha ayudado mucho. - Rafael Pineda tenía intención de seguir ayu­dándote ¿qué pasó?
Bueno, Rafael es muy inteligente, tiene una gran producción literaria, es incansable, está muy bien relacionado, lo que no me gusta es que es muy elitesco. 
-¿Tu digusto no es acaso por haber situado tu pintura en el campo de lo ingenuo?
 - Bueno esa es una de las causas.  El problema de la clasificación que él quería darle a mi pintura y con la cual yo no estoy de acuerdo. 
-¿Por qué dice, Rafael, que tu pintura es ingenua?  -No se, porque ingenuo significa para mi , ignorancia artística, desconocimientos técnico y yo soy un pinor de escuela, con doce años de estudios en academias,  De manera, que no puedo estar en esa clasificación.
Además de pintor, tengo entendido que lees todo cuanto caen en tus manos ¿Qué lees ahora? 
-Elogio a la locura de Erasmo de Roterdan.
- ¿Qué dice Erasmo de la mujer?
- Bueno, hay un pasaje de su obra donde dice que Platón dudó al colocar a la mujer en la categoría de los seres racionales porque los 365 días del año los pasa pintándose y todavía tiene el coraje de pintarse en los carnavales.
Martínez Barrios también ha leído a Lucrecio, a Shopenhauer y a Vargas Vila que no hablan bien de las mujeres, tal vez, porque nunca como Don Quijote tuvieron su Dulcinea del Toboso. Por lo menos, Martínez tuvo la esperanza de Haibée y el hermoso recuerdo de su zapatilla azul.

El sábado 30 de septiembre, a la edad de 57 años cumplidos el 7 de marzo, falleció este artista en el hospital Ruiz y Páez. Accidentalmente conocí a su padre. Era vigilante en el Parque Leonardo Ruiz Pineda y en esa ocasión me habló orgulloso de su hijo pintor. Y un día que le llevé a Rogelia Acuña, poeta que quería conocerlo, me presentó a su tía, quien me sugirió aconsejar a Martínez para que se ocupara de mandar a arreglar el endeble techo de la casa. Pero Martínez vivía sumido en el claro oscuro y a veces en el color sepia de su universo, por lo que el techo se vino abajo y casi lo sepulta, mucho antes del sábado cuando estaba previsto se detendría el imperfecto reloj de su existencia. Los hebreos dicen que Dios descansó el sábado, des­pués de haber creado el mundo. Pudiéramos trazar un parangón y decir que el sábado Martínez entró en reposo después de haber creado su propio mundo, un mundo extraño, rayano en el surrealis­mo que pocos entendían, entre ellos, el abogado Ramón Córdova y el médico Armando García, sus protectores hasta la última palada de tierra.

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